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Jirí Menzel: "El cine es mentiroso, es vida en conserva"

El Cultural, 14 de abril de 2015

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El cineasta checo recibe a El Cultural en la Filmoteca de Cataluña, que junto al Centro Checo de Madrid presenta el ciclo Jirí Menzel, el humor del observador, que hasta el 31 de marzo ofrece un amplio programa de proyecciones y una exposición de carteles de las películas del director checo.

El nombre de Jirí Menzel se halla inevitablemente ligado al conocido como Nuevo Cine Checo de la década de los 60 del siglo pasado, una corriente cinematográfica que alineó a creadores como Milos Forman, Vera Chytilova o Ivan Passer. Menzel, que se forjó como cineasta en la Escuela de Cine de Praga (FAMU), es autor de una obra tocada por el humor y la ternura, películas que atienden a los pequeños conflictos cotidianos de la gente corriente, y que, en su incisivo retrato del choque entre la libertad personal y la opresión del estado, se erigen en genuinos alegados antitotalitarios. Desde su célebre opera prima Trenes rigurosamente vigilados (1966), por la que se alzó con el Oscar de Hollywood, hasta la reciente Yo serví al rey de Inglaterra (2006), Menzel ha convertido sus radiografías sociales e históricas, siempre tensadas sobre una fina ironía, en vehículos de un cine literario -cabe destacar la larga colaboración de Menzel con el escritor checo Bohumil Hrabal-.

Por desgracia, la trayectoria de Menzel se vio truncada en 1969 cuando su película Alondras en el alambre -donde denunciaba las absurdas prácticas del régimen comunista- fue censurada por el estado, que condenó al director a cinco años de inactividad. La película se estrenaría finalmente en el Festival de Berlín de 1990, donde se alzó con el Oso de Oro. Así, la vida y obra de Menzel pueden verse como una negociación permanente entre los reclamos de libertad y los límites a la creatividad. Un diálogo del que emerge un cuerpo fílmico vitalista y al mismo tiempo melancólico, empeñado en vindicar la inocencia y el goce sensual como los últimos reductos de un cierto humanismo.

Menzel, de 77 años, recibió a El Cultural en la Filmoteca de Cataluña, que junto al Centro Checo de Madrid presenta el ciclo Jirí Menzel, el humor del observador, que hasta el 31 de marzo ofrece un amplio programa de proyecciones y una exposición de carteles de las películas del director checo. Amable, irónico y abiertamente desencantado con el actual panorama cultural, Menzel hizo ante nuestro micrófono un repaso a su cine, sus preocupaciones, su humor y su vida.

- Tras cinco décadas de trayectoria, los temas y el estilo de su cine parecen inamovibles. ¿Cómo ha vivido este tránsito vital y artístico?
- Tiene razón en cuanto a que no he cambiado mi manera de hacer películas. Lo que ha cambiado ha sido el público. Tengo la certeza de que, si se estrenaran hoy, mis primeras películas pasarían sin pena ni gloria. La gente se ha vuelto muy inculta.

- Sus películas tienen como hilo conductor el choque entre el deseo de libertad del individuo y las estrategias opresoras del poder. Hoy en día, los tentáculos del poder parecen más alargados, su estructura más difusa.
- Así es. En mi caso, esos cambios de paradigma social han afectado directamente a mis oportunidades para dirigir. En mis inicios, tuve la suerte de hacer una película estudiantil (Umrel nam pan Foerester, 1962) que gustó y que hizo que me propusieran nuevos proyectos. Los estudios de cine con financiación estatal apoyaban mis películas. El cine se transformó en mi oficio. Soy una persona perezosa y no tengo la determinación suficiente para sacar adelante proyectos personales. Siempre he hecho películas por encargo. En ese sentido, desde la caída del régimen comunista y de la incursión de capital privado en la industria del cine, me ha costado más hacer películas. Me da mucho apuro pedirle a una persona que invierta dinero en una película que no estoy seguro que vaya a dar beneficios.

- Es interesante que, tratándose de encargos, su cine sea tan homogéneo a nivel temático y estilístico. ¿Cuándo tomó conciencia de que tenía un estilo propio?
- No tengo ni idea. Siempre que me hablan de mi supuesto estilo, me siento halagado, pero no me identifico con esa idea. Lo único que hago es plantearme mi visión de las cosas. Nunca he intentado hacer una película “diferente” a las de los demás. Tuve un gran profesor en la escuela de cine llamado Otakar Vávra que siempre insistía en que lo más importante para un director es expresarse con sinceridad. Es lo que he intentado.

- En todo caso, su cine tiene elementos singulares, como el trabajo de sus actores, que recuerda intensamente a la comedia muda norteamericana.
- En mis primeras películas, mis actores solían ser mis amigos. Eso facilitaba las cosas. Hoy casi todos están muertos y me cuesta más dirigir. En cuanto al cine mudo americano, aprendí mucho viendo aquellas películas. Buster Keaton era un mago que me cautivó mucho antes de dedicarme a hacer películas. Ese humor era sincero, absolutamente natural. El humor actual es muy forzado, muy constreñido. Los antiguos payasos eran como niños, no eran conscientes de su vis cómica. Tenían un estilo y el humor surgía de forma espontánea. El universo de Laurel y Hardy tenía sus propias reglas, su propia lógica ajena al mundo real. Hoy en día, los humoristas son totalmente autoconscientes, continuamente están señalando y subrayando sus chistes.

- En el trabajo de esos humoristas había mucha inocencia y, en el caso de Charlie Chaplin, un gran humanismo. ¿No es eso algo de lo que andamos escasos hoy en día?
- Totalmente. Lo necesitamos imperiosamente. El humor es un arma de conocimiento, con él nos llegamos a conocer mucho mejor que con las películas serias y sofisticadas.

- ¿Cómo definiría la importancia que ha tenido en su arte la literatura y el teatro?
- Una gran relevancia. Mi padre tenía una gran biblioteca a la que tuve libre acceso desde los seis años. Mucho antes de ir a la universidad ya conocía mucha literatura clásica. Me gustaba especialmente la literatura checa. Luego, con 15 años, me enamoré del teatro. Iba al teatro al menos dos veces por semana. Allí aprendí la diferencia entre la vida real y la representación artística de la vida. Desde casa, tenía un largo trecho hasta el teatro y me gustaba tomar unas copas antes de entrar. Allí descubría un mundo de una riqueza expresiva sin par.

- ¿Y qué diría que diferencia al cine de las demás artes?
- El cine es mucho más mentiroso que el teatro. El cine es vida en conserva. En el escenario, la comunicación entre obra y espectador es directa. Cada función es algo vivo. El cine son sombras. Hay un chiste de un tipo que va al cine a ver treinta veces la misma película, en la que sale una chica que se quita la ropa justo cuando pasa un tren por delante. Y, cada vez que va, el tipo no pierde la esperanza de que el tren venga con un poco de retraso.

- Su cine está cargado de una sensualidad festiva, pero hoy en día la sensualidad y el sexo parecen cada vez más mercantilizados.
- El sexo ha perdido su hechizo. Siempre he querido hacer películas que la gente quisiera ver. No me gusta la vulgaridad, la grosería. Y al mismo tiempo quiero hacer películas que la gente entienda, pero el cine y la televisión de hoy están volviendo estúpido e insensible al espectador.

- Usted vivió en sus carnes la censura política por parte del régimen comunista. ¿Cómo convivió con unas limitaciones tan fuertes a su libertad de expresión?
- En mi caso, la censura me sirvió de estímulo para buscar nuevas formas de expresión. La ausencia de toda censura lleva a la ausencia de pensamiento. En la historia del cine, de la literatura y del teatro siempre ha existido algún tipo de censura. Desde Roma y el Cristianismo, siempre ha habido tabúes y límites a la expresión. Y eso ha despertado la imaginación de muchos creadores. La libertad absoluta no ha traído el bien que esperábamos. El cine y la literatura han sido ocupados por personas que han abusado del “todo es posible”.

- ¿Qué le diría a un joven director que, hoy en día, posee un alto grado de libertad?
- Le diría que se dedique a otra cosa (sonrisa socarrona). Los límites son necesarios, límites exteriores o autoimpuestos. Uno debe saber que hay cosas que hacen daño al corazón del espectador. Al mismo tiempo, si uno se aplica este cuento y se vuelve un purista, un guardián de la virtud, es posible que no consiga conectar con el público actual, que está acostumbrado a un cine sin límites. Me alegro de que mi muerte esté cerca porque todo esto va a ir a peor.

- Espero que no sea así y que vuelva a dirigir.
- Mi último proyecto fue muy decepcionante. Me encargaron una película (Los Don Juanes, 2013) que transcurre en el marco de una ópera que al espectador actual parece no decirle nada. Ha sido un gran fracaso comercial: dinero perdido. Antes vivía con orgullo que la gente fuera a ver mis películas. Las hacía para la gente, no porque quisiera exhibir mi estilo o mi visión del mundo. En los viejos tiempos, los artistas se debían a sus obras, no a su ego, y esas obras son las que realmente han quedado. Chéjov escribía cuentos y obras de teatro no para exhibir su pensamiento o hacerse un nombre, sino por placer. En el siglo XXI, el arte parece ser una vía de exhibicionismo ególatra.

- Uno de los reductos del cine de autor son los festivales de cine, por los que usted se ha paseado a lo largo de toda su trayectoria. ¿Qué piensa de ellos?
- Los festivales son un truco para conseguir que la gente vaya al cine. Si no hay festival, la gente pasa del cine; pero queda bien decir que vas a un festival. Se hacen películas para los cines y películas para los festivales. He estado en decenas de festivales y la mayoría de películas que he visto son intragables, pura ambición, pretensión y egolatría.