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“Las desgracias no humanizan”

hoyesarte.com, 23. 9. 2015

La conciencia como motor creativo. Radka Denemarková (Praga, 1968) vadea continuamente en 'El dinero de Hitler' (Galaxia Gutenberg) la historia con la que ha impactado en los ámbitos literarios y en los lectores más exigentes para apelar con pasión (y razón) a la ética individual y a la de los pueblos y a la necesidad de evaluar lo sucedido para no recaer en las mismas atrocidades. Aunque, lamenta, las desgracias no humanizan. "Busco que el lector sienta mis textos a flor de piel, de su propia piel. Si para ello tengo que ser muy crítica lo soy sin que me tiemble la voz".

¿Cuál ha sido su objetivo al escribir El dinero de Hitler?

Yo no lo elegí, pero nací en la Europa central, en Chequia. Siempre me ha dolido que se mienta sobre muchas cosas y, aunque han pasado muchos años, aún no se ha dicho la verdad sobre lo ocurrido. Me he preguntado con dolor por qué ciertas barbaridades se repiten a lo largo de la historia. Como si hubiera faltado un día más para crear un ser más humano. Así que quería formular la pregunta de qué ha pasado después de la Segunda Guerra Mundial, cuando desaparecieron más de tres millones de personas que desde hacía siglos vivían en Chequia, en esos territorios, y nadie habla de ellos.

Por ejemplo, me pregunto por qué aceptamos a Franz Kafka. ¿Acaso solo porque es un cebo magnífico para los turistas como figura mundial de la literatura? Porque si Kafka hubiera vivido más tiempo hubiera acabado en un campo de concentración o los propios checos al acabar la guerra lo hubieran expulsado por hablar alemán. Quería descifrar estas preguntas y he intentado responderlas a través de la vida de la protagonista de mi libro. No es verdad que la situación se puede acotar en fechas y que la guerra acabó con la firma del correspondiente tratado de paz. No es así. Este libro trata sobre el segundo Holocausto, así lo llamo yo, por el que pasaron los judíos que volvieron de los campos de concentración y los propios vecinos checos, por cuestiones económicas, los hicieron pasar por el segundo Holocausto al expulsarles de su propio país.

“No existe la culpa colectiva, todo depende de cada individuo en concreto” 

¿Cómo definiría este libro?

Quería también hablar de la persecución de los intelectuales. Como para ellos era tan difícil dictaminar quién era intelectual y quién no, optaron por matar a todas las personas que usaban gafas. Topamos pues con el principio de víctimas colectivas o de culpables colectivos. No me gusta ese término. Creo que no existe la culpa colectiva, todo depende de cada individuo en concreto. Hoy en día los políticos hablan de las culpas colectivas pero insisto en mi disconformidad con esa visión.

Me gustaría destacar que me disgustan mucho los políticos de hoy en día que cogen un niño en brazos y se hacen una foto intentando dar un mensaje de que tienen en brazos el futuro y la esperanza para tiempos mejores. Pero eso es falso porque sólo por ser una generación joven no se garantiza que vayan a cambiar los tiempos, porque esa generación joven está educada por sus padres y por sus mayores, que les transmiten los prejuicios y los clichés de su época. Esa generación joven puede también estar llena de prejuicios e injusticias. La juventud no es garantía de nada.

Realmente el cambio surge solo cuando a título individual se es tan fuerte que se es capaz de pensar críticamente. Entonces se puede escapar de ese círculo diabólico que supone repetir los prejuicios. Si fuera tan fácil todo como que cada generación nueva aporta progreso y esperanza, hoy no existiría el racismo, ni otras aberraciones tan arraigadas en nuestra sociedad.

También es un libro de disculpas, pues la protagonista recibe por fin en el año 2005 una disculpa de alguien por lo que le ha pasado a ella como ser humano. Sin embargo, ella no se da cuenta de que la sociedad sigue siendo igual que cuando era pequeña. Tiene que asumir que nunca podrá recibir esa merecida disculpa.

Dice usted que “ningún parecido es casual”, ¿cuánto hay de historia real?

Hay temas sobre los que la sociedad no quiere hablar. Temas tabúes. En la República Checa nos referimos a esos temas como “las calaveras en el armario”. Y la realidad es que la sociedad checa tiene muchísimas calaveras en el armario. Yo soy muy crítica con la sociedad checa porque quiero e intento hablar de las cosas como son. No quiero seguir en esa idea de que somos muy cultos. Realmente no somos tan cultos como intentamos aparentar. La superficie de lo culto es muy frágil y muy fina y eso se está demostrando hoy en día con el problema europeo de los refugiados. A mí me gusta sacar las calaveras del armario porque en cada sociedad encontramos grandes nombres, personalidades muy importantes, cultas y señaladas que afloran por encima del resto de la sociedad. Cada nación quiere, al tiempo, aparentar un cierto victimismo.

En la República Checa nos parecemos a una cárcel. Primero había la dictadura del nazismo, después tuvimos durante cincuenta años la dictadura comunista y ahora nos gusta presentarnos como víctimas de todo lo que pasó. Todo el mundo quiere aprovecharse de esa situación. Estoy totalmente en contra de esa visión, pues nadie es solo víctima y nadie únicamente culpable. Nada es absolutamente blanco o negro. Para mí es muy importante intentar contar las cosas tal como fueron. Decir la verdad o intentar acercarse a la verdad aunque haya temas de los que la sociedad prefiere no hablar. Aunque el mío es un libro de ficción, cuenta o intenta contar las cosas que sucedieron y que están sucediendo.

“Siempre habrá una esquina detrás de la que se vislumbra algo de esperanza”

¿Estamos pues ante un libro de historia?

No es exactamente un libro histórico, pero está captada la esencia de la época. Es un libro contemporáneo. Uno de mis escritores favoritos es Karl Jasper, que dijo aquello de que en la vida de cada cual siempre llega el momento en que tiene que decidir. Cada uno es una mezcla de ficción e historia. La esencia que intento captar en mi libro es la esencia individual de millares de personas. Ningún parecido es casual, digo en mi libro. Todas estas historias ocurrieron. Sigo sin saber por qué.

[En ese punto de la conversación y cuando habla de las víctimas de los campos de concentración, Radka Denemarková deja helado al entrevistador. Calla un largo instante, se le humedecen los ojos y retuerce las manos. “Lo siento, musita, pero he leído tanto sobre aquella barbarie…”. Bebe un sorbo de agua. Se recupera. Esboza una especie de sonrisa y vuelve a su firme discurso para hablar de la esperanza y la desesperanza como contrapuntos.]

Pienso que en la vida de cualquier ser humano, aunque llegue al fondo, al lugar más bajo, siempre habrá una esquina detrás de la que se vislumbra algo de esperanza para seguir de pie. Mi desesperación, o mis momentos de desesperación, provienen de que he perdido parte de la ilusión, esa que me ha quitado el siglo XX. Hay la idea de que un ser humano se hace más humano cuando pasa una desgracia, pero creo que los siglos XX y XXI han demostrado que esa tesis es falsa. El texto de mi libro es muy duro, lo reconozco, y estoy tocando muchas veces el fondo, pero sólo así puede producirse una catarsis y asomarse a un tiempo mejor.

¿Vamos entonces hacia una situación mejor?

El antisemitismo no vino en la Europa Central con Hitler, pues existía ya al menos desde hacía dos mil años y, desgraciadamente, sigue existiendo. Cuando nació Checoslovaquia, en 1918, el antisemitismo era muy fuerte y aunque la sociedad se lleva las manos a la cabeza y dice que el Holocausto es un horror, sigue existiendo. Es un hecho. Estoy harta de las etiquetas que se ponen a los hechos históricos.

Por eso Gita Lauschmanová, la protagonista de El dinero de Hitler, dice que no quiere una disculpa sobre lo que les ha pasado a los judíos, sino que se disculpen por lo que le ha pasado a ella. No quiere etiquetas generalistas, sino que se apele al individuo, en este caso a ella misma. Antes que judía o alemana es una persona y, como tal, exige una disculpa.

“Quería impregnar el texto de emociones”

Por eso el uso de la primera persona…

Cuando empecé a escribir el libro, en los dos primeros capítulos intenté un estilo muy objetivo, pero volví a empezar porque comprendí que no quería hacerlo así. Quería impregnar el texto de emociones. Eso me obligó a experimentar mucho con la lengua para que el lector sienta el texto debajo de su piel, a flor de piel, para que empatice con el texto. El uso de la primera persona es para encontrar una conexión más directa con el lector. Quería lograr un texto muy emocional y sugestivo. Que cada lector se sumerja totalmente en la historia que cuento para que luego reflexione sobre lo leído. He tenido que hacerlo, paradójicamente, con una cabeza muy fría. Son temas con los que no se puede jugar. No quería un postre para después de la cena, sino más bien la espina de un gran pez clavada en la garganta.

¿A quién lee? ¿Por quién se siente influenciada?

Karl Jasper es uno de mis referentes. Cuando yo era estudiante universitaria me impresionaron sus ideas acerca de la toma de conciencia de que formamos parte de toda una humanidad y por eso todo lo que se refiere a la humanidad tiene que ver con todos y cada uno de los humanos. Jasper lo concreta en la frase: “Existo, luego soy culpable”. Una frase que me impresiona. Me interesa también mucho Graham Greene y por eso lo cito en mi libro.

De la cultura española me interesa el trabajo de Almodóvar a raíz de No tendrás miedo, un libro que escribí hace años. Estuve investigando los tópicos de la homosexualidad en la literatura, en el cine y en el teatro y vi que la obra de Almodóvar aporta cosas interesantes en ese sentido. Y, claro, El Quijote, la lucha entre la esperanza y la desesperanza de la que hablábamos es en cierto modo la lucha del caballero de La Mancha contra los molinos de viento.

¿Tiene ya alguna obra en marcha?

El año pasado se publicó Anotaciones a la historia de la alegría, el último libro que he escrito, cuyo título es una pura ironía. Ahora estoy trabajando en una obra histórica que en principio se titulará La sangre de chocolate.

Sobre El dinero de Hitler

Gita Lauschmannová es una joven judía de 16 años que regresa a su casa en la región checoslovaca de los Sudetes después de haber sobrevivido al exterminio en Auschwitz, donde han muerto sus padres y su hermana mayor.

Cuando abre la puerta del que había sido su hogar se encuentra con una familia sentada a la mesa del comedor que le dice que esa no es su casa y que ella ya no tiene nada que hacer allí. Gita descubre poco a poco que no sólo se ha quedado sin hogar sino que la opresión y la barbarie están lejos de terminar. Huérfana, pobre y sin lugar alguno al que regresar, para Gita la vida ya no es cuestión de bondad y maldad, sino de pura supervivencia.

Sesenta años más tarde regresa a su pueblo natal. Ha llegado el momento de exigir justicia. Su llegada trastorna a los que habían sido sus vecinos porque todo el mundo tiene algo o mucho que ocultar. También Gita.

El dinero de Hitler es una de las grandes novelas centroeuropeas de los últimos años. Hasta la fecha ha sido traducida a diez idiomas y recibido premios como el Magnesia Litera de la República Checa en la categoría de prosa y el Usedom y el Georg Dehio en Alemania.

Radka Denemarková nació en 1968 y estudió literatura alemana y checa en la Universidad Carlos de Praga. Escritora, traductora y dramaturga ha publicado siete libros, entre ellos cuatro novelas que se han traducido a 17 idiomas. Vive en Praga con sus dos hijos.

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