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Josef Koudelka: 'He vivido la misma mierda que viven los refugiados sirios'

elmundo.es, 10. 9. 2015

'... Pero tengo 78 años. No voy a trabajar sobre ese asunto'. El legendario fotógrafo checo cuenta su historia en un puñado de instantáneas.

Josef Koudelka es un fotógrafo de los que creen en su oficio como en un único dios verdadero. Iba para ingeniero aeronáutico, pero un vecino el panadero le enseñó una cámara y aquello provocó un cortocircuito en aquel muchacho checoslovaco que tenía en los ojos la expresión más salvaje del barrio. Cuando andaba enredando en las entrañas de un avión, sintió un calor extraño. Eso que algunos llaman revelación y que se parece a un golpe de azar inconcreto. "Podría haber tenido una vida más formal como ingeniero, pero me di cuenta de que no quería morir de aburrimiento a los 30 años. Lo que quería saber de esa profesión ya lo sabía, así que cogí una cámara con el instinto del que sabe que jamás dejará de aprender. Y así así ha sido".

Josef Koudelka pertenece a una generación laminada. La de aquellos que nacieron en Checoslovaquia, en la región de Moravia, en 1938. Josef Koudelka tiene nacionalidad francesa. Pero en sus fotos cabe un rumor inquetante, a la manera de otro checo: Franz Kafka. Este último llamó Josef K. al protagonista de una novela asfixiante: 'El proceso'. Y por momentos de falta de aire aire también ha pasado la biografía de Koudelka, al que ahora llamaremos (con permiso) el otro Josef K.

Es uno de los míticos en la escudería de la Agencia Magnum.Ingresó en la gran 'secta' cuando Elliott Erwitt vio algunas de las fotos que en 1968 realizó a pie de calle, en los días de la Primavera de Praga, cuando los tanques soviéticos irrumpieron en la ciudad con vocación de aplastarla. Koudelka se encontró por azar con aquel asedio, con aquel atropello. Había llegado un día antes a Praga después de fotografiar gitanos y de deambular por Europa. "Cuando tomé aquellas imágenes no sabía las cosas que sé ahora. Digamos que trabajé impulsado por una suerte de necesidad", explica el fotógrafo. Detrás de él, en la sala de exposiciones de la Fundación Mapfre en la calle Bárbara de Braganza de Madrid, está fijada la realidad de aquellos días. Son algunas de sus mejores instantáneas. Siempre en blanco y negro. De sus tantos viajes. De sus agonías. De su estupor. Una muestra necesaria, de la que es comisario Matthew Witkovsky y que permanecerá abierta hasta el 28 de noviembre.

Después del trabajo en el asedio a Praga, Koudelka cayó en desgracia. "Me quitaron el pasaporte y así estuve durante 16 años. Ahora que veo las imágenes de los refugiados sirios recuerdo aquellos días. Me he sentido muchas veces uno de ellos: sin papeles, sin destino... He vivido la misma mierda que ellos viven. Claro que los comprendo. Pero no voy a trabajar sobre ese asunto. Ya tengo 78 años. Ya he dado demasiados tumbos", afirma.

Koudelka es un hombre expansivo y fugitivo. Casi en un equilibrio perfecto. Habla en español. Se levanta para responder preguntas. Comenta sus fotos con algo del que aún se sorprende. "Aún busco quién soy, pero hay demasiadas cosas de mí que aún no entiendo del todo". Pero, principalmente, es uno de los mejores fotógrafos europeos del último medio siglo. Lo suyo no es fotoperiodismo, igual que tampoco es fotografía artística. Lo suyo es suyo. Tiene esa mirada del que ha experimentado muchos inviernos en pleno verano. Y eso le ha dado una voz propia. Igual experimenta en el arranque de los 60 que fija con un realismo extraño el acontecer de la vida de los gitanos. O un paisaje de ruinas en Roma, en Libia, en Turquía, en Palmira, la devastada Palmira del Estado Islámico... "Lo primero que hice al escapar de Checoslovaquia fue venir a España. Aquí encontré un 'segundo' país. Un lugar en el que me sentía bien. Dormí demasiadas noches al raso. Vivía de milagro, pero disfruté sin rumbo. Durante 16 años dejé de mostrar fotos y me dediqué a viajar sin tregua. Así aprendí de la vida y del oficio".

En la exposición de Mapfre, Koudelka reúne imágenes inéditas, otras que son ya iconos de su obra y aquellas primeras instantáneas de la Praga del 68, que ha mantenido guardadas hasta ahora. Hoy es un gato de pelo y barba blanca. Rápido de gestos. Huidizo del ruido de las cámaras y los periodistas. Esta mañana ha escapado al trote de la presentación de su exposición. Lo hemos encontrado, por azar, en la puerta del Teatro María Guerrero. Solo. Paseando. Aún con el micrófono prendido en la camisa.

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