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MoniKa Zgustova: «Stalin es el ser más cruel que jamás hayamos podido imaginar»

larazon.es, 23. 2. 2016

Monika Zgustova viene a contarnos el drama de Svetlana Allilúyeva, la hija de Stalin, que vio cómo su madre se suicidaba, sus hermanos morían ante la indiferencia de su padre y su primer novio era deportado a un gulag. Tenía todas las comodidades y ninguna libertad. El ambiente opresivo de su país y la tiranía de su padre, un dictador para la URSS y, también, para su familia, la invitaron a marcharse. Huyó a Estados Unidos a través de la India. Allí descubrió que, si en su país la espiaba la KGB, en América la seguía la CIA. En esa carrera hacia adelante que emprendió abandonó a sus hijos, tuvo varios matrimonios y se convirtió en uno de los problemas candentes de la Guerra Fría. A través de varios libros, mostraba la realidad de la Unión Soviética a Occidente y los intelectuales europeos. La biografía novelada «Las rosas de Stalin» (Galaxia Gutenberg), de Mónika Zgustova, narra ahora su historia.

–¿Cómo era ella?

–Valiente. Pudo escoger entre vivir entre algodones, protegida por la URSS, como una más de la élite soviética, o abrir los ojos, ser una ciudadana honesta y juzgar el comportamiento de Stalin, tanto del dictador como del padre. Tuvo que afrontar una decisión difícil: verlo como un déspota o como un criminal.

–Su juventud resultó difícil.

–A los 16 años descubrió que su madre se había suicidado por culpa de su padre. Su madre no pudo vivir más tiempo con un tirano que estaba matando a gente inocente y, también, a su propia familia. Después del fallecimiento de su progenitora, Stalin se convirtió en un hombre frustrado porque los demás tenían familia y él, en cambio, se había quedado sin ella. La única persona a la que él, en realidad, quiso fue a su mujer, que se había matado por su culpa. A partir de ese instante se volvió más sangriento. Svetlana no podía apartar la mirada de las injusticias que Stalin cometió con su familia. Su hija era una mujer moderna. Formaba parte de una generación crítica con los comunistas anteriores que deseaba un sistema más abierto, que se pareciera a las democracias occidentales, pero esto no lo podía hablar con su padre.

–¿Cómo afectó a Stalin la muerte de su esposa?

–Influyó en su personalidad. Se convirtió en un dictador más violento que antes. Dejaba que Beria hiciera lo que quisiera. Su carácter era el de un dictador, que es lo que había sido desde que era joven. Cuando a esta tendencia se unieron sus ganas de venganza y su frustración personal, resultó fatal.

–¿Cómo era él?

–La sangre no le daba miedo. Fue el más cruel de los líderes de la Revolución, y Lenin no era ningún angelito. Pero Stalin aprendió los métodos que ya empleaba éste y los llevó más lejos. Además, cada vez era más paranoico. Tenía miedo de cualquiera y mandaba matar a la gente de forma arbitraria. Se cargaba a todo el mundo. Disfrutaba cuando los condenados a muerte lloraban o suplicaban clemencia. Se reía en su cara para humillarlos antes de que los ajusticiaran. De esta manera, les hacía la muerte más desagradable. Stalin es el ser más cruel que jamás hayamos podido imaginar. Es uno de esos emperadores sanguinarios de la historia, uno de los reyes tiránicos que aparecen en las obras Shakespeare. Se parecía más a un déspota medieval que a alguien que hubiera salido de la historia moderna. Fue un dictador y un padre dañinos. Humillaba a sus hijos cuando eran pequeños. Ellos le tenían miedo. Svetlana era a la única que no humillaba, por lo menos hasta los doce años. Tenían un juego: ella le daba órdenes a su padre. Se han conservado esas cartas. Eran realmente infantiles, pero algunos historiadores han creído entender, que ella estaba detrás de muchas de las crueldades que él cometió, pero no es así, porque ella permanecía apartada del aparato estatal. No sabía nada.

–¿Cuándo abrió los ojos a la realidad?

–Con la pubertad. Al hacerse mujer. A Stalin no le gustó. La quería como su hijita. No pretendía admitir que le empezaban a gustar otros hombres. Stalin lo llevaba mal y mandó al gulag a su primer amor. Escuchaba todas sus llamadas telefónicas y cuando se iban a pasear, la KGB los seguía. Su padre se enfadó porque su hija se convertía en una mujer. Además, tenía manía a su novio, un cineasta de 40 años que era judío. Stalin, recordemos, era antisemita. Así que mandó a su pareja a un gulag.

–Ella también presenció cómo su padre maltrataba a sus dos hermanos.

–Su padre pudo rescatar a su hijo mayor, Yákov, que había sido capturado por los nazis y estaba recluido en un campo de concentración. Hubiera resultado muy fácil rescatarlo porque le habían ofrecido un intercambio y, además, había estado bien visto por la sociedad. Hay que tener en cuenta que se acababa la guerra y que no era necesario actuar de esa manera, pero no lo hizo y el chico murió. Su otro hijo, el menor, que fue un oficial soviético, acabó siendo alcohólico. Se lo cargó una mujer que estaba ligada a él y que era un agente de la KGB. Fue una de las maneras que tenían en la URSS para deshacerse de la gente.

–Svetlana vivió inmersa en una pesadilla...

–Por un lado, Stalin era su padre, que la había tratado bien en su infancia y la llamaba «gorrioncito». Hay que tener en cuenta que, a partir de sus seis años, no había conocido la ternura materna. La paterna, por lo menos, la tuvo a rachas. Todo esto resulta terrible para un niño: nunca tuvo el cariño de sus padres.

–¿Comprendió alguna vez a Stalin y su comportamiento?

–Entendió perfectamente lo que había hecho. Intentó disculparlo, pero nunca le fue posible. No habría sido honrado consigo mismo. Ella se convirtió en una rebelde total de la élite soviética, la sociedad soviética y de la política soviética. Tenía que ser un símbolo y emblema de la élite política rusa, pero se convirtió en su mayor crítica y quien se desmarcó de ese país en cuanto tuvo su primera oportunidad: y lo hizo abandonando su nación.

–En su libro insinúa que a Stalin lo asesinaron.

–Svetlana sospecha que a su padre le mataron. Según las últimas investigaciones, fue envenenado por Beria. Por este motivo, Beria no hizo nada para salvarlo o aligerar su muerte: deseaba ocupar su lugar. Era tan malo o peor que Stalin. Un animal absoluto que no sentía compasión por nadie. Tenía su propio harén, igual que Mao, que cada noche la pasaba con una mujer diferente. En este sentido, Beria también era un gran humillador de mujeres.

–Y, entonces, Svetlana se marchó a Estados Unidos.

–Era muy ingenua. Mis investigaciones en Moscú y Estados Unidos lo demuestran. Esta ingenuidad era una de las cosas que saltaban a la vista. Fue verdad que a ella la tenían apartada de la vida real en la URSS. Vivía entre algodones, con una falsa protección. Entonces se va a Occidente. Piensa que allí encontrará la libertad. Pero si en la URSS la seguía la KGB, en Estados Unidos la vigilaba la CIA. Muchos anfitriones de ella eran personas que la CIA había asignado para cuidarla.

–¿Tan importante fue?

–Era un personaje simbólico, de una gran relevancia internacional. Su huida a América sucedió en plena Guerra Fría. La seguían los servicios de inteligencia de unos y otros. Pero lo peor fue la Prensa de Estados Unidos, que la vinculaba a noticias escandalosas y la retrataba de cualquier manera, aunque, en muchos casos, no fuera verdad lo que decían. Era bipolar y, en ocasiones, le daban ataques de ansiedad. No debía de ser una persona sencilla y no se curó nunca de su trastorno. Le hubiera convenido quedarse en la Universidad de Princeton, donde no había periodistas alrededor de ella, podía dedicarse a leer, escribir y estudiar música: participar en su vida intelectual. Incluso le salían novios. Esto hubiera sido lo ideal, pero no soportaba la estabilidad emocional y la libertad. En su búsqueda de la libertad, abandonó su país natal, a sus amigos y a sus hijos, aunque no se había dado cuenta de que era incapaz de soportar la libertad que anhelaba.

–¿Cómo se tomaron los hijos de Svetlana ese abandono?

–Jamás lo aceptaron. Sobre todo la menor, que se exilió a la península de Kamchatka, donde se hizo vulcanóloga. Cuando su madre regresó años más tarde a Rusia, se negó a verla. Escribió una carta rechazándola. Su hijo se había convertido en un alcohólico y separado de su primera mujer. Era un ser agradable. Se casó en segundas nupcias con una mujer que, de nuevo, era una espía de la KGB. Cuando Svetlana regresó a Rusia, en la primera época de Gorbachov, enseguida se dio cuenta de que a su alrededor únicamente había espías, incluso lo era su ex marido. Para ella llegó a ser más difícil vivir en la URSS que en Occidente, así que volvió a Estados Unidos y eso que en Rusia ella habló muy mal de América, de Europa occidental, de la democracia, que no la consideraba como tal, de la dictadura de los medios de comunicación y del capitalismo. Era una persona bastante desquiciada al final.

–También escribió libros.

–Fueron importantes para que Occidente comprendiera al fin qué era la URSS y que los intelectuales conocieran los excesos de las sociedades comunistas. Esto empezó con «Doctor Zhivago», de Boris Pasternak, y «Un día en la vida de Ivan Denisovich» y «Archipiélago gulag», de Alexandr Solzhenitsyn. Justo antes de este último, se publicaron «Veinte cartas a un amigo», de Svetlana Stalin, que describe el Kremlin y cómo tomaban allí las decisiones, cómo era Stalin, sus ministros y el ambiente de trabajo. Aportó varias claves a las sociedades occidentales para que interpretaran qué pasaba en el comunismo.

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