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Las rosas de Stalin:Svetlana Allilúyeva, todo sobre su padre

loffit.abc.es, 9. 3. 2016

En Las rosas de Stalin, Zgustova ahonda en los temas recurrentes de su obra: el exilio, el desarraigo y la memoria. Pero también se involucra en un aspecto mucho más personal, la huida del comunismo soviético y las consecuencias históricas de los totalitarismos. Y es que cuando la escritora checa descubrió las memorias de Svetlana en una librería de viejo neoyorquina, sintió una profunda sacudida al comprobar las similitudes entre el viaje de Svetlana Allilúyeva desde la URSS con el emprendido por sus padres desde la Checoslovaquia soviética pocos años después. Pero, por encima de todo, Monika Zgustova narra la historia de una mujer empeñada en lograr la libertad.

Nacida en 1926 como Svetlana Iósifovna Stálina, su infancia transcurrió entre los barrotes dorados del Kremlin, repleta de privilegios y comodidades pero también de mentiras e imposiciones que se fueron agravando durante una adolescencia difícil —descubrió que su madre, lejos de morir de forma natural, se había metido un plomazo en pleno corazón a causa de la crueldad de Stalin—, cada vez más sometida a la tiranía de su padre, tan feroz en casa como fuera, que se negaba a aceptar que su “princesa” dejó de ser niña. Tras un primer novio desterrado al terrible gulag de Kolymá en el círculo polar ártico y dos matrimonios fallidos, la vida de Svetlana dio un giro en 1963 —año en que empieza la novela— al conocer en un balneario de Moscú al intelectual indio Brayesh Singh, el hombre que le insufló la fuerza suficiente para escapar de la censura. Lo que logró finalmente cuando se le permitió viajar a la India para depositar en el Ganges las cenizas de su marido.

Valiente y honesta, consecuente con su propia lucha, pero inconsciente del auténtico significado de la palabra libertad, Svetlana Allilúyeva nunca pudo superar el estigma de ser la hija de uno de los tiranos más siniestros de la historia; y aunque trató de borrarlo de su vida, empezando por el apellido (adoptó el de su madre, Allilúyeva, en cuanto murió el dictador), la sombra de su padre le persiguió incluso en el exilio donde siguió espiada por la KGB, investigada por la CIA, utilizada por unos y otros como símbolo de la Guerra Fría. Lo cierto es que Svetlana fue una mujer contradictoria, profundamente insatisfecha que no supo manejar su independencia. De todo ello habla Monika Zgustova en esta intensa obra, llena de giros inesperados.

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