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‘Brundibár’: cuando el horror era un juego de niños

elpais.com, 1.4.2016

En Terezin, a escasos metros de los barracones donde algunos espectros se consumían entre las humedades de la fortaleza, se conservan unos baños impolutos donde apenas nunca nadie se lavó. Solamente corría el agua de vez en cuando, mientras llegaba una inspección de la Cruz Roja o alguna organización similar al gueto y los nazis se esforzaban en enseñarles las aparentes comodidades con las que fingían procurar una vida ideal a sus víctimas.

Lo miles de judíos y prisioneros políticos checos y de países circundantes que poblaban el lugar con sus familias, sabían que aquello no era más que una pantalla. Como también las representaciones de teatro, los conciertos, las óperas, los talleres de dibujo… Nada más que un purgatorio previo a los transportes que cada semana les conducían hacia las cámaras de gas desde aquel punto que quedaba a unos 70 kilómetros al norte de Praga.

Entre los, más o menos, 150.000 reclusos que durante la ocupación alemana fueron a parar allí, se encontraba Dagmar Lieblová. Y un músico: Hans Krása, quien, decidido ahuyentar la angustia del encierro, compuso Brundibár, una ópera para niños que llegó a ser representada 55 veces dentro del gueto. En alguna de aquellas representaciones, como parte del coro, llegó a cantar la joven Dagmar, entonces adolescente y hoy, con 86 años, superviviente de holocausto.

Hans Krása pensó que con Brundibár, ayudaría a escapar a los niños de Terezin del horror que les aguardaba más allá del gueto. Pero Viktor Ullmann, otro de los compositores encerrados en la fortaleza, decidió mirarlo todo de frente. Si Krása recuperó de memoria y volvió a escribir la pieza infantil que no pudo meter entre la básico de su maleta, Ullman creó El emperador de Atlántida, la historia de un sátrapa que decide esclavizar y masacrar cuanto encuentra a su paso. Lo hizo sin intención de escenificarlo. De hecho, hasta 1975 no se estrenó esta obra que llegará en mayo al teatro real, dentro de esta memoria resucitada de Terezin, bajo la dirección escénica de Gustavo Tambascio y musical de Pedro Halffter. Ullmann y Krása son dos ejemplos activos e irreductibles de la enorme cantidad de músicos –Pavel Haas, Gideon Klein, Elkan Bauer, Heinz Alt, aparte de artistas plásticos, gentes de teatro y escritores- que pasaron por el gueto.

Acaba de llegar a Madrid para refrescar su triste memoria de entonces y asistir la semana que viene a las representaciones de Brundibár en el teatro Real. Tendrán lugar los días 9, 10 y 24 de abril en dos sesiones, junto a la exposición que han montado alrededor del acontecimiento. Aquellas notas dulcifican aun hoy la tenacidad de los peores recuerdos para Lieblová. “Terezín, desde luego, no era ningún paraíso. No obstante, la vida allí, a pesar de la escasez de comida, los insectos molestos o las enfermedades infecciosas, era relativamente soportable. Seguíamos en Bohemia, conservábamos nuestras cosas, y aunque los miembros de la familia vivían separados, nos veíamos a diario”, recuerda Lieblová.

El problema eran los trenes… Quienes allí sobrevivían, contaban con la certeza de que, subir a uno de aquellos transportes, suponía, con casi total seguridad, no regresar. El destino al final: Auschwitz-Birkenau, Mauthausen… Dagmar subió y pudo contarlo. Su familia, apenas.

“Nadie sabía adonde se dirigían. Aunque todos sospechaban que lo que venía a continuación, era, ciertamente, peor. Temíamos sobre todo no poder quedarnos allí, ser incluidos en uno de los transportes continuos. Mis padres, mi hermana menor y yo, nos quedamos 18 meses en el gueto. En diciembre de 1943, sin embargo, nos trasladaron. Estábamos convencidos de que nos enviarían a trabajar. El viaje en los vagones sellados fue horroroso. Al llegar al destino, descubrimos poco a poco que la gente moría asesinada en las cámaras de gas”.

Antes, sin embargo, pudo distraerse con Brundibár. “Los ensayos empezaron a principios de 1943. Para todos los participantes, suponía un gran acontecimiento. Desde el principio estuvimos totalmente entusiasmados. Tanto en los ensayos como en las representaciones no pensábamos si teníamos hambre, si nos amenazaban todo tipo de enfermedades o si cualquier día nos podían enviar fuera”.

Brundibár fue concebida por Krása y su libretista Adolf Hoffmeister -que acabaron en las cámaras de gas- como un cuento poblado de fantasía sobre la vida pasada. El acontecimiento que suponía comprar un bollo, degustar un helado, ir a la escuela sin llevar en la solapa una estrella amarilla… “Canté en el estreno del día 23 de septiembre y después ya solo en unas pocas representaciones más. Fue experiencia inolvidable para toda mi vida”.

Un oasis armónico que ahuyentaba tanto el miedo como la pestilencia. “Terezín estaba, sobre todo, saturado de gente. De sonidos y olores, o, mejor dicho, malos olores. La comida se preparaba en las cocinas del cuartel. Por la mañana tomábamos una sustitución del café, a mediodía una sopa rara y luego patatas o albóndigas de pan, con una salsa o un trozo de bizcocho o un puré de trigo. Nada de verdura, ni fruta. Todo, en raciones pequeñísimas”.

A Dagmar todavía le salpicaba la vida en el hogar de niñas, con habitaciones compartidas junto a chicas de la misma edad. “Por las tardes, bajo la batuta de nuestra cuidadora, solíamos cantar a menudo. Ella era miembro del coro dirigido por Rafael Schächter. Y cuando éste buscaba niños, nos envió a él”.

Desde que tenía siete años había ido a la escuela de música para dar clases de piano. Amaba ese mundo. Y también su capacidad de provocar buenas vibraciones. Adentrarse en la ópera, le ayudó a mantener cierta esperanza: “Como en cualquier cuento de niños, la idea implícita en la obra nos hacía pensar que, ante todas las adversidades, el bien vencería al mal…”.

Pero no todos llegaron a tiempo. Dagmar pudo salvarse. Los 33.000 que perecieron en Terezin y la mayoría de los 88.000 deportados desde allí hasta los campos de exterminio, no. Queda viva su memoria, aunque Europa reproduzca hoy miserablemente algunos síntomas de rechazo similares. La resurrección de Brundibár estos días en Madrid, dirigida en escena por Susana Gómez y con Jordi Francés a la batuta, ojalá sirva para inocular la mejor vacuna contra la intolerancia.

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