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«Brundibár»: el Holocausto explicado a los niños

larazon.es, 4.4.2016

Para quien viene de Siberia, el frío de Soria es poco menos que una pizca del Caribe. Todo es cuestión de grados. Hasta el calor que hace en el infierno. Por eso, para Dagmar Lieblová, que estuvo a un paso, sólo uno, de las cámaras de gas y vivió en carne propia la infinita indecencia de Auschwitz y Bergen-Belsen, el campo de concentración de Terezín se mantiene en su memoria como una especie de «belle époque» dentro de ese gran continente del horror que fue el Holocausto. La vida en los barracones de Theresiendstad (según la nomenclatura alemana) fue el canto de cisne antes de la solución final, la última función del pueblo judío a ritmo de «Brundibár», la ópera infantil que se estrena en el Teatro Real el día 9 y en la que cantó Dagmar antes de que su mundo se viniera abajo.

Hasta la guerra, los Fantl eran una familia media de la vieja Checoslovaquia. Dagmar nació en el año 1929 y creció en Kutná Hora, una bonita ciudad de la Bohemia Central a poco más de una hora de Praga. El padre ejercía la medicina. Tíos, abuelos, primos se reunían en las grandes celebraciones familiares. Los veranos transcurrían calmos en el Lago Machovo, a un paso de Dresde, de aquella Alemania en la que Hitler comenzaba a descubrir sus cartas. «Éramos una familia típica, burguesa y feliz a pesar de ser judíos. Mi padre era un patriota, admirador del presidente checo del momento. Hasta el otoño del 38 con el Pacto de Múnich y la ocupación nazi de Checoslovaquia en marzo del 39, no teníamos problemas por ser judíos. Es más, nadie se preocupaba mucho por lo que estaba pasando en Alemania y, por supuesto, nadie podía imaginar que aquello llegaría tan lejos como llegó». Pero en el 39, las huestes de Hitler están en Praga, están en Kutná Hora: se impone el ostracismo a los hijos de Sefarad. «La vida se fue poniendo cada vez peor. Nos afectaban todas las restricciones». El «apartheid», las estrellas de David en la solapa. «A mi padre le prohibieron ejercer su profesión, aunque luego le dejaron que atendiera a judíos». En el 41 aparecen los trenes blindados, «rigurosamente vigilados» (que diría el checo Bohumil Hrabal), con destino a los campos. La ansiedad se dispara. Cualquier día... «Teníamos miedo, nunca sabías cuándo te llegaría el turno».


Para los Fatl y la pequeña Dagmar, que contaba 13 años entonces, fue un día de la primavera del 42. Nada que ver con las películas. Ni gritos ni culatazos de fusil. «Nos llegó una carta de la comunidad judía, que se encargaba del transporte; nos tuvimos que registrar en la ciudad de al lado y luego por correo llegó la orden de ir a tal escuela de la ciudad para que nos llevaran al campo». A Terezín, una presunta colonia modelo judía que enmascaraba la pura injusticia de la segregación racial y el trabajo forzoso aunque con una pátina de humanidad que Hitler intentó explotar en películas y en la única visita que permitió a la Cruz Roja a un campo de concentración. «Es cierto que en comparación con lo que vino después, aquello todavía se parecía a una ‘‘vida normal’’. Podíamos traer 50 kilos de cosas propias, estábamos en Bohemia, nuestra tierra natal y aunque el alemán era el idioma oficial del campo, nos sentíamos como en casa rodeados de los nuestros. Las familias no estaban juntas pero se podían ver a diario, lo que hacía más llevadera la vida. Hay que decir que para la gente que se quedó en Terezín hasta el final fue horrible e insoportable pero para los que fuimos a Auschwitz u otros sitios, no quiero decir que fuera el paraíso, pero lo recordamos un poco como tal».

Dagmar vive en el hogar de las niñas, con adolescentes de su edad. Trabajan durante el día y por la noche se reúnen a recitar poesía checa contemporánea y cantar canciones. Aunque resulte sorprendente, Terezín (aquella «pesadilla blanca» que cantaba Silvio Rodríguez) bulle de vida cultural. Hay incluso dos cabarets, uno checo y otro alemán. Los judíos pueden llevar una vida relativamente autónoma. En ese ambiente, el pianista y compositor Rafael Schächter funda un coro mixto. «Una de nuestras cuidadoras, que también era una presa, cantaba allí y nos dijo que buscaban voces». El compositor Hans Krása pretende estrenar en el campo de concentración su ópera infantil «Brundibár», que ya había estrenado en Praga en 1938. «A mí me cogieron para el coro y a una compañera para uno de los papeles principales». El ingenuo argumento de «Brundibár» muestra toda su capacidad subversiva en Terezín: un grupo de niños aúna sus fuerzas para vencer al malvado Brundibár, un pérfido organillero que no permite a dos jóvenes ganarse la vida en la plaza del pueblo para conseguir leche para su madre enferma. «Es una ópera maravillosa, una cosa inolvidable –asegura Dagmar–, para todos los que participamos en ella fue una experiencia muy importante». Ensayaban en un ático y se representó 55 veces en el cuartel del campo en checo y ante un público checo. La inmensa mayoría del elenco moriría poco después: Rafael Schächter, Hans Krása y casi todos los niños cantores. De hecho, se estima que de los 50.000 pequeños que pasaron por Terezín solo sobrevivieron 100. Dagmar fue una de ellas.

«El trabajo libera»

Y es que Terezín rara vez era la estación final. En septiembre de 1943, 5.000 personas son enviadas a Birkenau. El 15 de diciembre del 43, la familia Fatl cruza el arco de entrada de Auschwitz bajo aquel lema tristemente famoso («Arbeit Macht Frei», es decir, «El trabajo libera»), exactamente el mismo que coronaba el ingreso a Terezín. Nada más cruzar aquel umbral, todos entendieron que ingresaban en un mundo, un campo, completamente distinto. La familia es separada por sexos dentro del «campo familiar», un reducto ligeramente más digno. La madre limpia las letrinas y se mantiene junto a sus dos hijas, Dagmar (que tiene ya 15 años y trabaja como cuidadora de niños más pequeños) y Rita. Al padre lo ven de tanto en tanto, cada vez con peor aspecto. Y la amenaza de las cámaras de gas empezaba a cobrar fuerza. «Nadie hablaba abiertamente de eso. Cuando llegamos, la gente que llevaba más tiempo contaba rumores. Y, por lo demás, se veía la chimenea, el humo, a veces las llamas y un olor especial. Nosotros, como muchos otros, estábamos bajo el ‘‘tratamiento especial’’, que consistía en una cuarentena de medio año después del cual te mandaban en teoría a las cámaras».

En junio del 44, con los nazis en una frenética huida hacia adelante y la solución final en su apogeo, reúnen un gran grupo de internos y los separan por edades: de 16 a 50 años serán enviados a trabajar en Alemania; fuera de ese rango, a las cámaras de gas (aunque esto, obviamente, no se les informaba). Dagmar tiene 15 y Rita, 12. Su destino es el holocausto, como el de sus padres, que están por encima de los 50 años y, para colmo, enfermos. «Cuando la jefa del barracón estaba leyendo los números que nos tatuaban a la entrada para decirnos nuestro destino, me contó entre los que irían a trabajar fuera del campo. Yo le dije que se había equivocado, porque yo nací en el 1929. Pero en su papel constaba como que yo era del 25. En ese proceso, alguien se equivocó, y yo pasé la selección. Y me salvé». Sus padres, la pequeña Rita y otros familiares (una abuela, primos, tíos...) acabaron sus días en las «duchas».

Los últimos meses de la guerra fueron una nueva cuesta abajo. Tras un tiempo de franca esclavitud en Hamburgo, Dagmar recaló en el «lager» de Bergen-Belsen, en la Baja Sajonia: «El infierno», dice, «cuerpos por el suelo, hambre, no había ni agua...». Ana Frank, de edad similar a Dagmar, muere en aquel mismo lugar. En abril del 45, canadienses y británicos liberan Bergen-Belsen. Es el primer campo al que tienen acceso los aliados. El infierno abre sus puertas al mundo. Aún a costa de pérdidas irreparables, los niños habían logrado vencer al malvado Brundibár. Incluso en los peores tiempos, aquella ópera de Terezín acompañó a Dagmar: «Con una amiga la cantábamos y nos decíamos que si pudiésemos ir andando en ese momento a Terezín, iríamos». La nostalgia de la quemadura en medio de las llamas.

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