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'Brundibár'

elperiodico.com, 9.4.2016

Entra dando pasitos muy cortos sin romper el silencio que se respira en una sala abarrotada de asientos vacíos y algún instrumento. Una de las dos arpas del final de la sala parece girarse a su paso. Ella coloca su silla y cruza las manos sobre las piernas mientras se acomoda. Escucha las preguntas y sonríe en algunas de las respuestas. Tiene el pelo corto y usa gafas. Adorna su austero traje oscuro de pantalón y chaqueta con una brillante mariposa con las alas abiertas sobre la solapa izquierda. Es el único detalle llamativo junto al anillo de boda que unos minutos más tarde acariciará mientras cuenta cómo empezó su segunda vida. Una vida con mayúsculas. Una vida de verdad. La que vino después de Terezín, un campo de concentración en la Checoslovaquia ocupada por los nazis. Estos intentaron vender que aquello era como un balneario durante las visitas de los observadores internacionales.

Dagmar Lieblová, la mujer de la mariposa brillante con las alas abiertas, tiene ahora 86 años. Cuando llegó a Terezín tenía 14. Es una de las supervivientes de aquel horror. Casi 40.000 personas murieron allí. Y se calcula que más del doble fueron deportados a Auschwitz-Birkenau donde el índice de muertes fue mucho más bestial. Dagmar salvó su vida por una pirueta del destino en forma de error administrativo. La inscribieron en el campo con otra edad y gracias a eso no fue enviada a otro lugar de exterminio en el que fueron asesinados en la cámara de gas sus padres, su hermana y muchos otros familiares. Dagmar pasó tres años en Terezín. Dice que no todos allí eran conscientes de cómo acababan los que eran subidos a los trenes de la indecencia.

LA ESTRELLA AMARILLA

Ella fue una de las niñas que participó en el coro que representaba 'Brundibár', la obra que otro detenido con el que nunca coincidió, Hans Krása, había escrito un tiempo antes. Dagmar recuerda que la música la salvó durante un tiempo. Cuando participaban de aquel espectáculo podían deshacerse de la estrella amarilla que marcaba su destino como judía.

Algunos dibujos que todavía se conservan de aquellos niños hablan del arte como forma de resistencia, de libros, de poesía y de partituras para acunar el alma mientras los ojos ven y sufren la barbarie. «Aquellos ratos podíamos volver a ser niños», dice Dagmar, que hace unos días pasó por Madrid.

Tuve la suerte de escucharla de cerca gracias a un buen amigo, el periodista Rubén Amón. Vino a ver en el Teatro Real esa misma obra protagonizada por niños que poco tienen que ver su historia pero que la miraban muy atentos cuando se dirigió a ellos durante el ensayo general. «No olvidéis», les pidió al terminar su breve discurso. Después ocupó uno de los asientos y se dispuso a recordar con ellos.

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