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Recuérdalo a otros

cultura.elpais.com, 10.4.2016

Piensa Claus Guth en la relectura histórico-política que hace de la obra que Parsifal alerta para que nunca pudiera llegar a nacer un Brundibár. Pero algo falló, porque ambas comparten escenario –por la tarde-noche una, en sesiones matinales la otra– durante este mes en el Teatro Real. El supuesto mesías surgido de la Primera Guerra Mundial resultó ser el Abaddón, el ángel exterminador de la Segunda. Atrás quedó el aprendizaje de la compasión, que en alemán (Mitleid) transmite exactamente la misma idea que nuestro antepasado etimológico latino (cum patior): la experiencia vivida en primera persona de “sufrir con” el otro. Sin embargo, el verbo pasó a conjugarse de manera cruelmente distinta y se deformó para “hacer sufrir al” otro hasta el punto de acabar con él, matarlo, exterminarlo.

Que había lugar para la música en medio del horror de los campos de prisioneros y de concentración nazis lo sabemos, entre otros muchos ejemplos, por el Cuarteto para el fin del tiempo, de Olivier Messiaen, o por la orquesta femenina liderada por la violinista Alma Rosé en Auschwitz-Birkenau. Que puede hacerse prender la llama del juego y el humor en la negrura del infierno es la razón de ser de La vita è bella, de Roberto Benigni. La ópera para niños Brundibár, de Hans Krása, participa de ambos mundos y es uno de los frutos más conocidos de esa gran cortina de humo que fue el gueto o campo de concentración de Terezín, presentado por los nazis como un espacio de convivencia y de creación artística, cuando en realidad muchos de sus internos bien morían allí por las pésimas condiciones de salubridad y nutrición, bien partían hacinados en trenes sin retorno hacia lugares de nombres hoy espeluznantes como Treblinka o Auschwitz.

Aunque compuesta originalmente en Praga en 1938, Krása reinstrumentó Brundibár a fin de que pudiera interpretarse con los modestos medios de Terezín y varios fragmentos forman parte del infamante documental propagandístico realizado por los nazis en junio de 1944 (Krása moriría cinco meses después en Auschwitz) y titulado El Führer regala una ciudad a los judíos. En el campo, sin embargo, todos vieron a una figura alegórica de Hitler en el malvado organillero, convertido en una especie de showman televisivo en la producción del Teatro Real, cuya mayor virtud es la excelente prestación del coro y los solistas infantiles preparados por Ana González: tantas dosis de buena afinación no son nada frecuentes. Debería haberse apostado, en cambio, por un cantante de mayor fuste y empaque vocal para el papel protagonista y, aunque la orquesta toca muy bien, la obra se beneficiaría de una dirección que imprimiera más contrastes y acentuara los perfiles rítmicos de la obra, interpretada, con muy buen criterio, en una biensonante adaptación española.

Hasta Madrid ha venido Dagmar Lieblová, superviviente de Terezín, para rememorar aquellos horrores y advertir contra nuevas barbaries cometidas por “la bajeza humana”, haciendo así suyo el verso de Cernuda: “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”. Este Brundibár no debe sonarnos, por tanto, a cosa pasada, pueril o innecesaria, porque todo vuelve, con mejores y peores variaciones. ¿O acaso se escriben y representan óperas que alivien y distraigan del sufrimiento aquí, a nuestro lado, en los infrahumanos campamentos de refugiados actuales?

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