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Miroslav Tichý. El escéptico que atrapó la alegría

ahorasemanal.es, 10.6. 2016

A Miroslav Tichý (Kyjov, República Checa, 1926 – 2011) nunca le interesaron la fama ni el éxito —al menos no le interesó desde que los comunistas llegaron al poder, tras el golpe de Estado de 1948, e impusieron unos cánones artísticos opuestos a lo que a él le gustaba—. Ni siquiera le importó que sus fotografías se expusieran en las paredes de museos y galerías de todo el mundo. Sin embargo, tenía una receta para el éxito: “Si quieres ser famoso tienes que hacer algo peor que nadie más en el mundo entero”, le contó a Roman Buxbaum en Tarzan Retired (2004), el documental que le dedicó. Las familias de los dos eran vecinas y se conocían desde hacía generaciones. Buxbaum fue el primero en darse cuenta del valor de las fotos de Tichý y de que su vecino era algo más que un loco. Lo entrevistó, lo filmó en su casa, que era también estudio, almacén y laboratorio. Era un lugar lleno de polvo y suciedad, en el que las fotos cubrían el suelo y los lienzos, prácticamente invisibilizados por capas y capas de polvo, se acumulaban en las paredes. La película dura 50 minutos y comienza con Tichý contando una anécdota que explica el título de la pieza. Dice que en el bar le preguntaban si era escultor, pintor o escritor. A lo que él respondía: “Ninguna de las tres. Soy un Tarzán jubilado”. Después estallaba en carcajadas y mostraba su boca desdentada. La risa de Tichý no es una risa alegre, es la risa del escéptico, como él mismo se define hacia el final de la cinta, cuando Buxbaum le pregunta si le produciría placer que organizara una exposición en Praga con sus fotos. “Placer es una palabra que rechazo absolutamente: ¡soy un escéptico! Muchas veces me preguntan en qué creo. No creo en nada ni en nadie, ni siquiera en mí mismo”, dice.

Buxbaum, ahora presidente de la fundación Tichý Ocean, no hizo caso a las reticencias del fotógrafo y le enseñó las imágenes al comisario Harald Szeemann. En 2004 presentó algunas de las fotografías de Tichý en la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla y desde entonces su prestigio —y la cotización de sus fotografías— no ha dejado de crecer. Las obras de Tichý se han expuesto en Zúrich, Praga, el Pompidou de París, en el International Center of Photography, en Nueva York, y en la galería Ivorypress de Madrid. También en su ciudad de origen, Kyjov. Hasta el próximo 28 de agosto el Museo del Romanticismo de Madrid acoge la exposición Miroslav Tichý o la celebración del proceso fotográfico, una pequeña muestra del trabajo del artista checo, como parte de la programación de PHotoEspaña 2016, dedicada en esta edición a Europa. Pueden verse una treintena de imágenes, además de dos de las cámaras fotográficas que él mismo fabricaba usando desechos (botes, latas, chapas de botellines de cerveza, trozos de plexiglás que lijaba y después pulía con pasta de dientes y ceniza de cigarrillos para convertir en lentes, gomas elásticas de ropa usada…) y el documental.

Chicas que se divierten

“No trabajo de manera preestablecida. El tiempo que transcurre en mi paseo diario es el tiempo que determina lo que fotografío. Soy simplemente un observador, pero bueno”, dice Tichý en el documental. En su paseo hay de todo: parejas que se besan (“La sexualidad es el impulso natural de conservar la especie. Todo lo demás, el romanticismo, son añadiduras”, afirma), bicicletas aparcadas, niños, chicas y mujeres. Tichý iba a la piscina de su ciudad y allí tomaba fotos de los bañistas, muchos ni siquiera creían que ese aparato que llevaba fuera capaz de hacer fotografías de verdad.

Buxbaum entrevista a una de las protagonistas de una imagen de Tichý, que no recuerda que le hiciera la foto. Sí recuerda que él siempre les preguntaba si estaban bien. Luego la chica se pregunta por qué nunca se casó ni tuvo novias. “Las mujeres son simplemente un motivo para mí. Su figura y su movimiento, de pie, tumbada, sentada, caminando, es lo único que me interesa”, explica. Con sus cámaras artesanas Miroslav Tichý captó para siempre la belleza de la vida cotidiana, con sus imperfecciones y sus defectos, pero también con los momentos en los que la alegría aparece sin avisar.

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