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Havel, el líder de terciopelo que no quería ser presidente

elconfidencial.com, 28.11.2016

Cuando Michael Žantovský tenía 14 años fue por primera vez a ver una obra de teatro que marcaría el resto de su vida. "Fue una revelación". La pieza estaba escrita por Václav Havel, un joven dramaturgo en ciernes, y Žantovský embebió sus palabras de memoria, hasta el punto de ser capaz de recitar pasajes enteros.

Años después, aquel dramaturgo acabaría convirtiéndose en el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, después de pasar cinco años en la cárcel como preso político y de liderar la Revolución de Terciopelo que tumbó el monopolio que hasta entonces había tenido el Partido Comunista e inició el proceso de apertura del país. Y Žantovský acabaría siendo portavoz, secretario de prensa y asesor del que con el tiempo se convertiría en uno de sus amigos más cercanos. 

Cinco años después de la muerte de Havel, Žantovský publica en español 'Havel. Una vida' (Galaxia Gutemberg, 2016), la biografía de uno de los hombres más determinantes de la política y la literatura checa del siglo XX, una de los símbolos más reconocidos del aperturismo de la Europa del Este tras la caída de la Unión Soviética.

PREGUNTA. En 'Havel. Una biografía', decide comenzar su relato por el final, con la muerte de su protagonista el 18 de diciembre de 2011, y habla de la conmoción que causó el fallecimiento del ex presidente, no sólo en la sociedad checa, sino a nivel internacional. ¿Fue entonces cuando se dio cuenta que Václav Havel se había convertido en un símbolo?

RESPUESTA. Cuando Havel murió, transcurrían ocho años desde que abandonara el Gobierno. En ese tiempo, bastantes cosas habían cambiado. Mucha gente veía a Havel como una figura del pasado, como una presencia del siglo XX que ya no era relevante. De repente, murió y la efusión de las emociones que provocó demostraron que esto no era así. Que era al contrario. Que era tan relevante como antes. Y creo que sigue siendo el caso.

P. Havel fue un hombre polifacético que llegó a lo más alto tanto dentro de la política como de la intelectualidad. ¿Cuál es la faceta que hoy prevalece en su país?

Para las nuevas generaciones, Havel fue más de una persona. Desde luego que le recordarán como el último presidente de Checoslovaquia y el primer presidente de la República Checa, el líder de la Revolución de Terciopelo, un preso de conciencia, un defensor de los Derechos Humanos… Eso es lo que aprenderán de los libros, pero también le recordarán gracias a sus obras como dramaturgo, escritor y pensador. Y creo que esta última faceta… pensar en la política no como un trabajo, sino como una forma de encontrar el sentido de la vida de uno, de encontrar su propia identidad. Creo que para la gente de hoy esto siegue siendo muy relevante.

P. Actualmente, la política se ha convertido casi en una profesión y la presidencia del Gobierno en el puesto más codiciado. ¿Cómo pudo un hombre como Havel llegar a presidente casi por casualidad?

R. Creo que, para mí, la diferencia, el concepto clave en Havel es el de "responsabilidad". Él no quería ser político particularmente; fue durante la Revolución de Terciopelo cuando la gente le empezó a decir que él debía ser el presidente. Pero tenía muchos recelos al respecto y en realidad no quería hacerlo. Se lo pensó y en ese momento se dijo a sí mismo: "si no lo hago voy a parecer un payaso. Esto es algo por lo que me he pasado años luchando y si no acepto la responsabilidad ahora, ¿cuál habrá sido el sentido de todo?”. El problema de los políticos de hoy no es que sean políticos profesionales -no hay nada malo en ello-, sino que no aceptan la responsabilidad de su rol, ya que cuando no cumplen con algo que han prometico no aceptan su responsabilidad: la culpa siempre la tiene otro. "Es por la economía, es por los refugiados, es por culpa de otro país", dicen. Pero Havel era tan diferente… Por ejemplo, cuando Checoslovaquia se dividió en 1992, algo contra lo que él había luchado -él apoyaba la unidad, la federación, no la secesión-, incluso aunque no había sido culpable de la división, él creyó que era su responsabilidad y dimitió. Estaba convencido de que no podía gobernar un país que se estaba separando. 

P. Una decisión coherente teniendo en cuenta una de las máximas del pensamiento de Havel, que era que el poder debía residir en la sociedad civil, no en el Estado...

Su ensayo más famoso, 'El poder de los sin poder', explica la importancia del papel de la gente ordinaria en la política. La gente piensa que la política es algo que tiene que ver con ministros y parlamentarios y gobiernos. En la forma de pensar de Havel, todos estamos involucrados en política, porque ésta codetermina la manera en la que vivimos nuestras vidas. Si queremos ser responsables de nuestra propia vida y de la gente que nos rodea, nos tenemos que involucrar. La gente que aspira a un puesto de trabajo, a una oficina… La manera en la que el pueblo puede ejercer su responsabilidad es simplemente reflexionando, siendo honestos consigo mismos y con los demás y poniéndose en pie cuando haya necesidad de que el poder del pueblo se demuestre.

P. En su libro incide en varias ocasiones en que Havel tuvo desde pequeño un complejo de clase que determinó absolutamente su forma de ser y su pensamiento. ¿En qué sentido?

Eso fue algo que realmente le afectó mucho; fue un niño privilegiado que procedía de una familia burguesa acomodada y creció y fue al colegio con niños que eran mucho más pobres y que no tenían tantos privilegios. Él veía su condición social como una especie de defecto. Cuando tenía siete años se sentía diferente. Pensaba, "¿por qué no puedo ser como el resto de niños que corren y juegan por ahí, sino que me tengo que ir a casa con una gobernanta a aprender a pintar?". Se sentía discriminado por sus orígenes. Más tarde, cuando  maduró, empezó a sentirse culpable por su educación elitista, pero por entonces se había dado la vuelta a la tortilla, porque los comunistas habían tomado Checoslovaquia y, de repente, se había convertido en un ciudadano de segunda clase, un chico perseguido que no podía ir al colegio, ni tener unos estudios reglados. Así que la culpa no le duró mucho.

P. También habla de la importancia de Olga Šplíchalová, quien acabaría convirtiéndose en su mujer, en el acercamiento de Havel a las clases obreras. ¿De qué modo?

Olga le enseñó esa parte del mundo que él no conocía y que deseaba conocer. Ella era la proletaria definitiva: venía de un barrio obrero, sus padres estaban divorciados, había ayudado a criar a su primas y sobrinas pequeñas... Havel procedía de esta gran familia, donde todo los miembros eran líderes, emprendedores y pensadores, y políticos, pero para él era genial, pero eso no era el mundo real. Olga era el mundo real. Y su madre odiaba su relación, odiaba todo lo que Olga era y ella no. Yo la conocía y era una mujer sin pelos en la lengua, independiente, a la que no le importaba llevarle la contraria a Havel, incluso cuando ya era famoso, cuando todo el mundo a su alrededor decía que todo lo que decía Havel era correcto. Y ella decía: "No, no, esto no tiene sentido". Ella era su espejo, su mejor crítica. Havel no era una persona perfecta porque no existen personas perfectas. Ella le mantenía con los pies en el suelo, le mantenía en el buen camino. Este es el rol que juegan a veces las mujeres fuertes en las relaciones, y esto es lo que hacía Olga.

P. Con la llegada del Partido Comunista de Checoslovaquia al poder, usted cuenta que a Havel se le negó cualquier posibilidad de cursar estudios reglados. ¿Fue esto un factor determinante para se decidiese por la vida bohemia y el mundo del arte?

Havel, desde pequeño, tuvo muy buena una educación artística, informal. Y eso fue porque se le impidió seguir los canales ortodoxos y desde el comienzo se rodeó de un amplio grupo de escritores e intelectuales que eran, aparentemente, proscritos a los que les impedían publicar su obra. Algunos de ellos, de hecho, se negaban a publicar su obra porque sentían que no podrían hacerlo con independencia debido a la censura comunista. Si no podían hacerlo de manera libre e independiente, no querían hacerlo de ninguna de las maneras. Desde el principio pasó mucho tiempo rodeado de mentes y espíritus independientes y de gente que quería sacrificar cosas como la fama, la comodidad y el dinero para mantenerse fiel a sus creencias. Y creo que eso forjó el escritor e intelectual que fue luego. Y que esa es su fuerza.

P. Es curioso que los primeros poemas de juventud de Havel mantuviesen un componente muy social, muy próximo al ideario marxista y comunista...  

Cuando Havel tenía 15 ó 16 años y empezó a escribir, Havel sentía la necesidad de identificarse con el pueblo, con las masas, y buscó modelos en la poesía y la literatura que trataban temas relacionados con el proletariado. Admiraba a Walt Whitman y a Mayakovski, lo que le hizo flirtear con la idea del comunismo y el socialismo, pero nunca se convirtió en un seguidor, ni se afilió al partido. Las organizaciones a las que perteneció en un principio, al igual que hizo Mayakovski, temían y sentían rechazo hacia el autoritarismo que conllevaba la ideología comunista, como la negación de la libertad individual. Havel y sus amigos eran demasiado individualistas para adaptarse a ella.

P. De joven flirteó con el comunismo, luego fue encarcelado por él, después lideró una revolución contra la Unión Soviética. ¿Dentro de que corriente ideológica se acabó enmarcando a Havel?

Es un punto interesante, porque Havel es muchas cosas para mucha gente: algunos, como los intelectuales de izquierdas del mundo occidental, le consideran 'neocon', alguien que apoyaba la guerra en la antigua Yugoslavia, que era cercano a los presidentes de Estados Unidos. Pero otra gente en Checoslovaquia a la que no le gustaba Havel le consideraba como un criptocomunista. Cuando la gente le preguntaba si era de derechas o de izquierdas, él siempre se reía. Decía: "mira, eso son etiquetas, y para mí las etiquetas no son importantes". Para él no era cuestión de ser de izquierdas o de derechas, sino fiel a los valores que uno tiene, y de vivir la vida de acuerdo a ellos.

P. En el año 68, mientras Checoslovaquia vivía la Primavera de Praga en contra de la invasión soviética, en Europa Occidental se estaban produciendo revoluciones que miraban al socialismo y al comunismo como posibles respuestas para el futuro. ¿No es paradójico?

En 1968, yo tenía 18 años y para mí era incomprensible que esa gente pudiese pensar en la locura del comunismo como algo ideal. En la época justo después de la guerra era diferente, porque acababan de morir 40 ó 50 millones de personas y los supervivientes tenían las esperanzas puestas en el comunismo. Por ejemplo, la generación de mis padres creía que el comunismo podía ser un intento real de traer la justicia social y la igualdad;  les prometieron que todo el mundo sería feliz y compartiría las cosas y tal. Excepto que no fue así, sino todo lo contrario. Lo que era un misterio para mí en 1968 era que no sólo hubiese gente joven en París y en otros lugares de Europa que pensasen que el camino hacia el futuro estaba en las ideas marxistas y comunistas, sino que yo tenía amigos y alumnos así en Praga. Entonces pensaba: "Esta gente de París o San Francisco no sabe nada de esto, así que es excusable, pero esta gente de aquí debería ser más sensata, porque lo han experimentado de primera mano".

P. ¿Cómo vivieron la invasión soviética su generación y la de Havel?

Si naciste en los 50, como yo, cuando Havel ya era un adolescente, tocaba un periodo bastante duro; la gente iba a la cárcel. Gente que tú conocías. El vecino, el amigo de tus padres… La gente acababa muerta, ejecutada por el régimen. De nuevo, no gente allá lejos, sino gente cercana que mis padres o yo conocíamos. No podías viajar a ningún sitio; estabas encerrado tras el Telón de Acero. Si intentabas cruzarlo, te disparaban. No podías elegir tu profesión, tu educación, tus 'hobbies', ni siquiera podías elegir la forma de pensar. Por supuesto que es difícil para alguien que nunca ha experimentado el régimen darse cuenta de cómo se vive bajo con el comunismo. Pero pasa lo mismo con la gente joven de la República Checa, los que tienen 20 años y han nacido después de la caída del comunismo. Ninguno de nosotros hemos experimentado la conquista de América, pero sabemos gracias a la historia y a la literatura cuál ha podido ser su contribución histórica y cuáles han podido ser los elementos negativos. El comunismo en el siglo XX fue responsable directo de la muerte de entre 80 y 100 millones de personas. Eso es más que los nazis y el fascismo y el franquismo juntos. Era un régimen opresor y totalitario en el que la gente no tenía control de su propia vida, un régimen que demandaba una obediencia extrema del pueblo, que si no obedecía era castigado. Eso es la historia.

P. Usted compara el comunismo con el nazismo, el fascismo y el franquismo juntos. Sin embargo, la historia no ha juzgado tan duramente al régimen soviético como al nazismo. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Es verdad que la historia, o los historiadores, que son dos cosas diferentes, han sido más benévolas con el comunismo. Y creo que tiene que ver con creer en la ideología, o al menos en las consignas ideológicas a pesar de todo. El nazismo era una ideología despreciable desde el minuto uno: odiaban a los judíos, pensaban que la raza aria era superior a cualquier otra, odiaban a los artistas, odiaban la libertad, porque creían que era un invento burgués, y querían liquidarla. Así que es muy fácil de condenar. El comunismo, por el contrario, es una ideología muy amable: todos seremos iguales, todos nos amaremos los unos a los otros, "proletarios de todo el mundo: uníos". Por eso creo que los historiadores son más benévolos con el comunismo, pero de la misma manera creo que están cometiendo un error. La cuestión no es la ideología a primera vista, sino la experiencia real, lo que realmente está documentado. El comunismo es igual de feo e inaceptable.

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