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abc.es, 19.12. 2016

Dagmar Lieblova habla bajito, pero sus palabras son capaces de callar a un auditorio repleto. Sin levantar la voz, esta checa que viajó a Santiago para promocionar la representación de la ópera «Brundibàr» narra sin romperse su vida en el campo de concentración de Auschwitz, la tumba de un millón cien mil personas entre 1940 y 1945. Proveniente de una familia de clase media, Dagmar llegó allí con su hermana y sus padres cuando tenía 15 años. Tras bajarse del vagón, los oficiales de la SS separaron a los prisioneros en dos filas. Una conducía directamente a las cámaras de gas; la otra, a los barracones de trabajo. Dagmar perdió el rastro de su toda su familia en la primera de las filas, la de la muerte. A ella le correspondió la segunda por un error en su ficha. «Se equivocaron con mi fecha de nacimiento y pensaron que era mayor, por eso me mandaron a trabajar», recuerda setenta años después de la barbarie.

Acompañada de una de sus hijas, esta checa que se acabó convirtiendo en filóloga especializada en alemán, viajó este fin de semana a Galicia para promocionar las representaciones —en Santiago y Vigo— de la ópera «Brundibàr». Esta pieza, explicó, fue representada hasta en 55 ocasiones en el gueto de Terezin, el primer campo de concentración al que mandaron a los Lieblova. Dagmar era una de las voces que daba vida a esta pieza infantil sobre un abejorro. «Era un acontecimiento poder participar de la ópera. Para nosotros era como un cuento de hadas con final feliz. A los niños les gustaba porque en el fondo ellos también querían que su historia acabase bien, aunque en la mayoría de los casos no fue así», afirma esta superviviente del Holocausto.

Una Europa diferente

Lejos de lamentarse por lo que le tocó vivir y por la pérdida de todos sus seres queridos. Dagmar reconoce ser una persona feliz. «Cuando liberaron el campo me sentí muy afortunada por estar viva, aunque me tocó empezar de cero», desvela. Las penalidades que pasó en Auschwitz hicieron mella en la salud de la joven, que tardó dos años en superar las enfermedades que allí contrajo. Su único apoyo, de regreso a su país natal, fue la señora que ayudaba en las labores del hogar en su casa, antes de que el nazismo hiciese aparición. «La mayoría de las cosas las tuve que solucionar por mí misma. Fue duro, pero al poco tiempo encontré a mi marido y me casé. He sido feliz». En la actualidad, Dagmar tiene tres hijos, seis nietos y un corazón sin asomo de rencor. «La Europa de hoy en día ya no es la que yo conocí y eso me alegra».

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