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La verdad triunfará

elmundo.es, 4. 12. 2016

El procurador de Judea interroga a Jesús. Le pregunta si se considera, como le han dicho, rey de los judíos, y el reo responde con ambigüedad y dice que ha venido al mundo «para dar testimonio de la verdad». A esto, Poncio Pilato responde: «¿Qué es la verdad?». «Y habiendo dicho esto salió otra vez donde los judíos y les dijo 'Yo no encuentro ningún delito en él'».

En su obra maestra El maestro y Margarita, Bulgakov cuenta este episodio del capítulo XVIII del Evangelio de San Juan e imagina que esos días hizo un calor sofocante, que Pilato padecía un ataque de jaqueca y que aunque Jesús le parece un iluminado, uno más de los chiflados en los que aquellos confines del imperio abundan, siente por él una despectiva simpatía -si se me permite la contradicción. Y no obstante, para complacer a la chusma, ahorrarse ulteriores quebraderos de cabeza y mantener la provincia en paz, lo hará crucificar. Esta escena ha dado pie a muchas meditaciones sobre el el cinismo del poder, sobre la verdad y sobre la administración de la justicia.

El mero hecho de que se preguntase qué es la verdad ya permite imaginar, como hace Bulgakov, que Pilato era un hombre reflexivo y escéptico. Por el contrario, son de una ingenuidad enternecedora quienes, a propósito de la elección por los académicos del diccionario de Oxford de la palabra post-truthposverdad, como la más significativa o definitoria de este año que se acaba, año de las mendaces victorias del Brexit y The Donald, se extrañan de que la gente tome decisiones -también a la hora de votar- respondiendo a llamadas emocionales, creyendo mentiras que para mentes un poquito más racionales son obvias y clamorosas.

¿Pero no ha sido siempre así? Qué tendrá que ver la verdad con la política y con la Historia, válgame Dios. ¿O acaso es que hemos conocido un periodo sincero durante el que efectivamente ha reinado la verdad sin que yo me diese cuenta? Es posible.

Pero más bien estoy por creer que hemos pasado sin solución de continuidad de un periodo de preverdad a otro de posverdad.

En 1414 el reformador religioso Jan Hus de Bohemia, que años antes de Lutero denunció la corrupción del papado y predicaba la vuelta a la humildad y pobreza crísticas, acudió al concilio de Constanza para defender sus tesis habiendo recibido promesas de que se le respetaría la integridad física, pero fue prendido como hereje, quemado en la hoguera y sus cenizas se esparcieron por el Rin. Bohemia se levantó en armas al grito de La verdad triunfará, o La verdad vence a todo. La revuelta fue aplastada y la Contrarreforma se impuso en Bohemia. Siglos después el lema husita acompañó a la Revolución de terciopelo liderada por Vaclav Havel.

Especialmente hacia el final de su vida molida por éxitos, desengaños y enfermedades, Havel predicaba una revolución de la conciencia que exige de todos y cada uno «vivir en la verdad», según la formulación de su influyente maestro Jan Patocka.

Por cierto que acaba de publicarse Havel. Una vida, biografía a cargo de su colaborador y amigo Michael Zantovsky. En sus documentadas páginas figura, por supuesto, Patocka, y la famosa sentencia de su Testamento: «Lo necesario es decir la verdad».

Quien no aparece, más que si acaso como fantasma del lector, es el procurador de Judea, Pilato, con una fuerte jaqueca en un día de bochorno preguntando: «¿Qué es la verdad?».

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