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Cuando veía a un alemán me preguntaba qué hizo en la guerra

larazon.es, 23.5. 2017

Autor: Julián Herrero

Dagmar Lieblová

Los hombres y las mujeres «capaces» serían trasladados de Auschwitz-Birkenau a otros campos de trabajo en Alemania; todavía eran de utilidad para el III Reich. Debían tener entre 16 y 55 años, en el caso de ellos, y de 16 a 40, en el de ellas. Una horquilla en la que Dagmar Lieblová (19 de mayo de 1929, Kutná Hora, Checoslovaquia) no entraba. Como nadie de su familia. Con quince, los que tenía, podía presentarse voluntaria, pero no lo hizo. No quería separarse de lo poco que le quedaba. Irse a otro lado era tomar un nuevo riesgo innecesario. Pero los papeles mandan y mostraban otra realidad: «Aquí pone que naciste en 1925, así que tienes 19 años y debes ir a la selección», le gritó la vigilante del bloque. «Para mí fue más que suerte», reconoce Lieblová. Aquel error le dio la vida. Perdió a los suyos, pero ahora ella puede dar testimonio de su historia en: «Estoy aquí por un error» (editorial Huso), de Marek Lauermann, como ha hecho recientemente en Madrid. En él se narra la vida de esta superviviente del Holocausto que empezó su infierno en la «colonia modelo» del nazismo: Terezín. Un relato que comienza comiendo «knedlíky» –un bollo típico checo– y que termina al límite de sus fuerzas, «salvada» por una lata de carne en salsa que aderezó con una zanahoria robada.

–¿Por qué ha tardado tanto en escribir sus memorias?

–Porque no había encontrado a Lauermann ni a nadie que quisiera contarlas. La mía no difiere de las de otros supervivientes, pero es mi pequeña aportación.

–¿Cómo ve el repunte de los extremismos? ¿Tiene explicación?

–Tengo mucha esperanza de que aquello no se repita. Me gusta pensar que nuestros relatos ayudan.

–¿Le duele recordar?

–No es algo doloroso, porque lo he hecho tantas veces que ya me he acostumbrado, pero no es fácil. La primera vez que hablé fue en el año 87, cuando me visitó un periodista alemán. Entonces, lo hice junto a una amiga. Recuerdo el día en el que me tocó contar mi historia: fue muy difícil de describir, como si lo reviviera de nuevo. Un sentimiento muy fuerte. Todavía hoy lo siento, pero se ha suavizado.

–¿Y cómo son esas cuatro décadas de silencio?

–No hablé porque simplemente nadie vino a preguntar. No hubo interés. Seguía viviendo mi vida. Es un error pensar que por haber pasado esta experiencia somos diferentes, cuando lo único que tenemos de especial son las huellas que nos ha dejado. Lo demás: estudié, encontré a mi marido, me casé, tuve hijos, los llevé a la guardería, se ponían enfermos...

–Lo mismo que el resto...

–Sí. Nos dedicamos a vivir, no a volver una y otra vez al pasado y a darle vueltas a lo que ocurrió.

–Los supervivientes dicen hablar sin odio, ¿cómo lo consiguen?

–Porque el primer sentimiento que tuvimos fue el de ser felices por haber sobrevivido. ¿Si tengo rencor a los alemanes? Nunca lo olvidaré, pero no paso de ahí. Si odias, al otro no le pasa nada y tú te reconcomes por dentro.

–¿Sería repetir el error?

–Sí.

–¿Recuerda esos años como si fueran un sueño o una pesadilla?

–Después de tanto tiempo no puedes retenerlo todo. Muchos de los recuerdos ya están borrosos, pero sí tengo en mente las cosas de las que hablo a menudo. Otras veces reaparecen historias que creías olvidadas. Por eso me gusta quedar con Dita Kraus –«La bibliotecaria de Auschwitz», libro de Antonio G. Iturbe–, porque nos complementamos. Coincidimos en Terezín, Auschwitz y Hamburgo.

–¿Hay sentimientos, olores, sensaciones que es imposible quitarse de encima?

–Después de tanto tiempo ya no me pasa nada de eso.

–¿Fue Terezín un «oasis»?

–Sí, en comparación con los otros campos, sí.

–¿Cómo era esa habitación 25 en la que estaba usted?

–(Coge sus memorias y busca una página) Es una imagen verdadera. En otoño del 42 se grabó una película allí. Yo no me veo en la foto, pero a mi amiga Dagmar sí (la señala), luego hay otra compañera que no sé ni si sigue viviendo y así uno detrás de otro. Es una foto muy auténtica, menos el mantel, que no estaba.

–¿Qué significó Dáša –Dagmar, con la que coincidió de campo en campo durante todo el Holocausto?

–En Terezín fue mi mejor amiga. Dormíamos una al lado de la otra. Compartíamos la comida... y, más tarde, se convirtió en la persona más importante de mi vida.

–¿Cómo era Terezín? Había clases, se hizo música...

–Se compusieron varias óperas, se ensayaba el «Réquiem» de Verdi, hubo varios conciertos y teatro...

–¿Cómo fue su paso por Terezín?

–(Piensa) No éramos infelices: aunque nos comieran las pulgas y los piojos, tenía a mi familia y amigos.

–Cuenta que mataban los bichos todas las mañanas.

–Sí, pero era en vano (risas).

–¿En qué momento se torció?

–De pronto, llegaron unos niños que hablan de «gas».No sé si hubo algún cambio radical, porque siempre vivimos muchos más de los que cabíamos allí. Luego, a esos pequeños nadie los entendía, se negaban a ducharse y decían «gas, gas», pero no sabíamos por qué.

–Ya en Birkenau, ni siquiera ustedes querían creer en ese gas.

–Escuchas que están matando, pero no nos parecía real. Cuando en marzo del 44 murieron en una sola noche 4.000 personas –la matanza más grande de ciudadanos checoslovacos en toda la guerra–, nos convencimos de que era verdad.

–¿Cuál fue el impacto de llegar a Auschwitz-Birkenau? Dice que es donde de verdad vio «el hambre y el terror a la muerte».

–Así fue.

–Proclama que no recuerda haber llorado allí.

–Lo que está en el libro es verdadero.

–¿Qué le viene a la cabeza cuando se nombra el año de 1925?

–Me doy cuenta de que el 5 es el número que me salvó la vida, pero es uno como otro cualquiera.

–¿Ha pensado cambiarse la fecha del pasaporte por la que le dio la vida?

–No, ya soy bastante mayor así, no necesito ser cuatro años más vieja (risas).

–¿Cómo es el día a día con esa incertidumbre de estar rodeada de muerte?

–No soy capaz de decir con certeza lo que pensamos entonces, pero nunca perdimos la esperanza. De haberlo hecho hubiéramos muerto a los pocos días. Teníamos que conservarla.

¿Hay alguna imagen que se le haya repetido durante años?

–Una sola imagen no, varias.

–¿Por ejemplo?

–La llegada al campo de Auschwitz, que recuerdo bastante bien de vez en cuando, y el trabajo que hacíamos en Hamburgo.

–¿Cómo se vive el momento en que te tatúan la piel con un número?

–La primera noche en Birkenau fue tan horrorosa que eso no fue nada extraordinario. De hecho, quise ir de valiente y fui la primera de la cola, detrás fueron mi madre y mi hermana.

–¿Cómo recuerda la llegada de las tropas británicas? Cuenta que no tenía ni fuerzas para levantar la cabeza.

–Fue muy feliz. No creo que hubiéramos aguantado más. Llegaron en el último momento.

–¿A qué supo esa lata de carne en salsa con zanahoria que tomaron tras la liberación?

–Fue lo que nos salvó.

–¿Es el plato más rico que ha probado nunca?

–Era magnífico, pero lo primero que nos dieron los ingleses fue una leche condensada que todavía recuerdo.

–¿Es fácil retomar la vida normal?

–Puede que mi suerte fuera que no entré de golpe en la vida normal porque, después de mis internamientos, estuve dos años y medio en un sanatorio curándome de tuberculosis.

–¿Ha vuelto a tener delante a un nazi?

–No, que yo sepa, pero cuando venían a Praga los alemanes o íbamos a alguna conferencia que pronunciaban en Bergen-Belsen, se me pasaba por la cabeza qué habían hecho todos estos hombres durante la Segunda Guerra Mundial.

–¿Tendría algo que decirles?

–La verdad, nunca lo he pensado, aunque, para ser sincera, tampoco tengo ya deseos de hacerlo.

Un campo «modelo»

Theresienstadt no fue un campo más. Situado en la actual República Checa, a 60 kilómetros de Praga, era una especie de centro modelo en el que la Alemania nazi vendió a la opinión pública internacional una realidad inexistente. Hasta permitió en 1944 que una delegación de la Cruz Roja lo visitase, con el correspondiente lavado de cara previo. Aun así, en Terezín la vida no fue el infierno de otros lugares. Lieblová recuerda que su paso por allí no fue tan terrible como en otros campos. Cuenta que entretenían el tiempo intentando montar obras de teatro o cabaret. Incluso se esforzaron para rodar una película (imagen de abajo) en 1942.

 

El trágico final de una familia corriente

Solo quedó ella, Dagmar Lieblová (en la imagen, de 1945). La odisea que comenzó a finales de los años 30 con toda su familia terminó con la liberación en un campo de trabajo de Hamburgo de una solitaria adolescente. Atrás quedaron abuelos, tíos, padres y Rita, su hermana. Todos judíos, un pecado para Hitler: «Éramos la típica familia con posibilidades de Kutná Hora», dice. No tuvieron problemas hasta el otoño de 1939. Con el inicio de la ocupación alemana las cosas se torcieron, aunque, «salvo una compañera que un día escupió delante de mí, nadie se portó mal conmigo». Después los trenes les fueron llevando de un lado a otro de Europa hasta que solo quedó ella. En ese camino conoció a su tocaya, a la que llamarían «Dáša»: una joven de su edad con la que fue coincidiendo y que terminaría, también sola, convirtiéndose en el pilar en el que poyarse, y viceversa.

«Estoy aquí por un error»

Marek Lauerman

Huso

128 páginas,

15 euros

Fuente