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Programa

14/04/2008 00:00 - 30/04/2008 00:00

De la Primavera de Praga a la "revolución de terciopelo"

La exposición de fotografías de dos momentos muy importantes en la historia de la antigua Checoslovaquia. La exposición se inaugurará el 14 de abril a las 20 horas, precediéndola una conferencia de Tomáš Vrba, cabeza del levantamiento estudiantil en el año 1969, sobre la Primavera de Praga.

De la Primavera de Praga a la “revolución de terciopelo“.

Exposición de fotografías de destacados artistas checos de los años 1968/1969 y 1988/1989.

 

Radek Bajgar, Radek Boček, Jaromír Čejka, Pavel Dias, Bohumil Dobrovolský, Dagmar Hochová, Miroslav Khol, Luboš Kotek, Jaroslav Kučera, Michal Krumphanzl –ČTK, Dana Kyndrová, Libuše Kyndrová, Vladimír Lammer, Petr Matička –ČTK,

Miloň Novotný, Roman Sejkot, Jiří Stivín, Daniela Sýkorová, Jan Šibík, Jan Šilpoch, Pavel Štecha, Václav Toužimský, Pavel Vácha, Jiří Všetečka.

 

 

Extraviados entre agosto de 1968 y noviembre de 1989.

 

La realidad que vivió Checoslovaquia durante el año 1968 fue extremadamente complicada, al igual que la historia de la posguerra. Aquel año, la cúpula del régimen comunista que gobernaba el país intentó reformar el sistema totalitario, introduciendo una reforma que no debía limitar su poder absoluto sobre la sociedad. Estaban convencidos

 Estaban convencidos de que si dejaban de aplicar el concepto violento de política, a cambio la gente les dejaría mantener sus privilegios y el poder absoluto. Ellos deseaban humanizar el poder, un poder inhumano que el proyecto utópico comunista había impuesto por la fuerza desde 1948, el cual había llevado a la sociedad a una realidad imperfecta y reducido el aspecto multifacético de vida. En el mes de febrero de 1968, el grupo reformador junto a Dubcek, otorgó a la sociedad la libertad de expresión para ganarse su simpatía, pero pronto se asustó, porque los medios liberados de censura se convirtieron rápidamente en sus críticos más severos. De esta manera, al empezar la primavera, la dirección política del país se vio bajo una doble presión. Por una parte, Moscú insistía en la restauración inmediata de las reglas de autoridad absoluta del Partido en la sociedad, pero por otra parte, la misma sociedad les presionaba para que se adoptara el camino de la libertad total y la democracia. En este contexto, los comunistas progresistas se desdoblaron y mientras aseguraban a Brezhnev, el preocupado líder soviético, que ellos mantendrían el poder absoluto, le ocultaban a la sociedad el peligro de ruptura y de invasión militar que se cernía sobre el país. Finalmente, durante la semana que precedió a la invasión, sucumbieron a la presión de Oriente y decidieron limitar las libertades cívicas del país. Demasiado tarde, porque en ese momento ya Moscú había optado por una solución militar.

En la noche del 21 de agosto de 1968 los ejércitos de cinco países miembros del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para impedir el impetuoso proceso de reformas que se había recién iniciado y que pretendía liberar a la sociedad de la dictadura comunista. Con solo sus manos y sus palabras, la población checoslovaca se enfrentó a los tanques y actuó con libertad democrática entre los días del 21 al 27 de agosto de aquel año. Pero la dura experiencia de la invasión puso al desnudo la situación real de Checoslovaquia y cortó el sueño del ejercicio de la soberanía y el camino checo hacia el socialismo humano. La gente interpretó enseguida los sucesos haciendo una analogía entre las dos ocupaciones recientes del país: la nacista de 1939 y la comunista de 1968. Puso el signo de igualdad entre el imperialismo ruso y el alemán y con sensatez tachó de traidores y colaboracionistas a los funcionarios pro moscovitas del Partido Comunista de Checoslovaquia (PCCH). El anhelo de la opinión pública por la independencia del país se materializó en la consigna “Neutralidad”, que fue escrita en las paredes acribilladas a balazos.

La llamada etapa de “consolidación y la normalización” empezó con el regreso de los funcionarios del PCCH de Moscú el 27 de agosto de 1968. La opinión pública apoyaba a los comunistas de Dubček, que desaprobaron la invasión y fueron secuestrados y llevados a Moscú porque eran los símbolos de la libertad y la soberanía. Ellos, sin embargo, a honrosa excepción de František Kriegel,  se sometieron al dictado de Moscú y capitularon. Siguieron siendo comunistas, “personas de cuño especial”, incapaces de otra práctica política que no fuera las de las estructuras y costumbres de un partido político totalitario. No entendieron los verdaderos objetivos de la protesta contra la ocupación en aquellos notables siete días de voluntad unívoca de la opinión pública liberada, no los convirtieron en una política o, por lo menos, en un gesto de protesta y resistencia. No se materializaron las expectativas  de la opinión pública que pensaba que los símbolos de la Primavera de Praga conducirían al pueblo hacia la libertad. Suele denominarse traición aunque quizás sería mejor decir equivocación fatal. Los reformistas de Dubček no intentaron hacer política de oposición, sino mantuvieron engañada a la opinión pública sobre el verdadero estado de cosas y “tuvieron el mérito” de la caída progresiva de la sociedad en el marasmo de la normalización. 

El 16 de enero y el 25 de febrero de 1969 se inmolaron en protesta contra esa orientación dos estudiantes Jan Palach y Jan Zajíc. El sentido de ese sacrificio absoluto  fue despertar la conciencia de la sociedad que empezaba a conformarse con la pérdida de la libertad y el retorno del régimen totalitario. Con su muerte voluntaria intentaron salvar la brecha que se abría entre los objetivos democráticos de la Primavera de Praga y la política de capitulación de los comunistas reformistas acorralados contra la pared en Moscú. El 25 de enero, detrás del féretro de Jan Palach, las multitudes mudas y rotas de dolor desfilaban hacia los próximos veinte años de falta de libertad y de avasallamiento. No fueron necesarios juicios políticos sumarios porque la sociedad confrontada con la espectacular demostración de fuerza rusa en agosto de 1968 y de fuerza checoslovaca en agosto de 1969, se sometió al orden impuesto.  La gente se fue adaptando a las condiciones de vida en el renovado “socialismo real”. Los que fueron tachados de traidores y colaboracionistas en agosto, tomaron en abril de 1969 el poder para veinte largos años de desmoralización. La verdad se fue trastocando y la mentira se convirtió en norma. La gente había vivido la Primavera de Praga como un proceso espontáneo, auténtico y alegre, pero ahora se tachaba a ese proceso como “conspiración contrarrevolucionaria”. Esa crasa violación de la verdad condujo a la desintegración de la conciencia, a la doble moral y a la pasividad. Y paralelamente en la esfera oculta de la conciencia social, la Primavera de Praga, violentamente interrumpida, fue convirtiendo en mito a sus representantes, encabezados por Alexander Dubček, como símbolos de sacrificio y no de capitulación. 

Solo unos cuantos cientos de activistas se manifestaron abiertamente contra la esquizofrenia normalizadora firmando la Declaración de la Carta 77, una de las primeras iniciativas de Helsinki en Europa oriental. Intelectuales y artistas de la “clandestinidad”, católicos y protestantes, así como comunistas reformistas (sin Alexander Dubček) convinieron en la necesidad de defender de manera consecuente los derechos humanos y cívicos de la sociedad, hecho al que el estado checoslovaco se había comprometido formalmente y con finalidad especial. Con este gesto muchas personas pagaron el precio de la persecución, el encarcelamiento y la emigración. La Carta tuvo el mérito de defender a los presos políticos, del crecimiento permanente de la cultura independiente y del nacimiento de otras iniciativas cívicas independientes.  Gracias a la Carta los políticos y la opinión pública occidentales pudieron obtener información sobre los acontecimientos en Checoslovaquia de otras fuentes que no fueran solo de las oficiales al servicio del Partido Comunista de Checoslovaquia. Los checos y los eslovacos recibieron también informaciones independientes procedentes de las emisoras de radio occidentales que emitían en idioma checo, como las emisoras Europa Libre y la Voz de América. En la segunda mitad de la década de los ochenta del siglo pasado se amplió notablemente el círculo de personas informadas de manera alternativa a través de la literatura clandestina y del periodismo del exilio.

Veinte años esperó la resistencia pública contra el poder totalitario afianzado. La primera manifestación espontánea contra el régimen se produjo y no por casualidad el 21 de agosto de 1988. Luego siguieron otras protestas y el creciente descontento y coraje culminaron en una serie de manifestaciones, violentamente reprimidas por el poder comunista durante la Semana de Palach, del 15 al 21 de enero de 1989. En medio de la dura experiencia colectiva en las calles, se volvió a despertar el orgullo ciudadano que hacía referencia a la Primavera de Praga y a la Carta 77. El régimen comunista ya no consiguió reprimirlo. El sacrificio absoluto de Jan Palach y Jan Zajíc cobraron su valor de forma imprevista y admirable. La simetría espectacular de puntos de inflexión de los acontecimientos de los años 1968/1969 y 1988/1989 no fueron casuales, era como si su realidad respondiera a una fuerza mayor. Las personas activas se deshicieron del síndrome de la inmovilidad y del miedo y eligieron como autoridades morales a Václav Havel, al cardenal František Tomášek y a Alexander Dubček. Durante la revolución pacífica de noviembre de 1989 la opinión pública colmó las intenciones de su predecesora de agosto de 1968. Esta vez liberó a la sociedad de la dictadura, impuso el orden democrático, la independencia del estado y se hizo merecedora de la retirada del ejército soviético. El último soldado ruso abandonó Checoslovaquia a mediados del año 1991.

 

 

Lugar:

Avda. Pio XII, 22-24
28016 Madrid
España

Fecha:

Desde: 14/04/2008 00:00
Hasta: 30/04/2008 00:00

Organizador:

Centro Checo Madrid


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